viernes, 22 de septiembre de 2017

Intolerancia (el retorno): Aussie Bites (bocaditos de vuelta al cole)

Hace ya muchos años que me quedé con el título este de «aspirante a escritora». Tener aspiraciones no tiene nada de malo en sí, el problema es cuando una se queda... aspirando. Más que escribiendo. Cuando cada vez que piensas en lo que harías si tuvieras tiempo (y no dinero, porque si tuviera dinero, me largaría de viaje y comería en restaurantes ridículamente caros, y que os den a todos), y lo que piensas es «escribir», y no lo haces, empieza a ser difícil encontrar excusas para seguir llevando dignamente el título de aspirante. Bueno, en mi caso excusas no faltan, en los últimos años ha habido un cierto número de catástrofes que se han abatido sobre mí. He estado ocupada en cosas de la más alta importancia. Pero aún así, he sacado tiempo para compartir un sinfín de memes idiotas en Facebook, para verme todas las temporadas de «Juego de Tronos» y para teñirme yo misma mechas de -varios- colores absurdos en el pelo. 

Así que he estado meditando largamente con qué texto trascendente volver a ensillar el caballo de la escritura y partir al galope. O al trote, consultando abundantemente la RAE y varios diccionarios de sinónimos, que la escritura es una cosa que se oxida rápido cuando no se practica. Algo lúcido, brillante, revelador. Al final he decidido que si espero a que se me ocurra algo lúcido y brillante, iba a ser como lo de la tesina que iba a revolucionar el mundo de la lingüística (bueno, esa, la terminé) y voy a tirarme otro año sin publicar nada, así que he optado por escribir sobre macarrones sin gluten, que total, va a a cambiar tanto el mundo como ese texto brillante y trascendente que probablemente nunca llegará.

Yo soy de probarlo todo al menos una vez. Bueno, casi todo. Ciertas prácticas eróticas que impliquen una cabra viva y un guante de béisbol, por ejemplo, no necesito probarlas para saber que no me gustan. Con la invasión de la moda "el gluten es el origen de todo mal" que ha arrasado Norteamérica, han llegado al mercado un montón de productos que me intrigan. Mi única experiencia previa con la pasta sin gluten antes de que demonizar a esta pobre proteína estuviera de moda, fueron unos macarrones a base de arroz que fueron lo más triste que he comido nunca. Y el pan sin gluten... masticar cartón sería una experiencia organoléptica más satisfactoria. Pero voy paseando por el súper y veo algo nuevo. Pasta a base de guisantes. 

Hasta ahora, he probado pasta a base de harina de garbanzos, de lentejas y de alubias. Todas ellas malísimas. Que no se diga que no lo intento. Pero veo el contenido proteínico de estos rotini, y como he vuelto en serio al ejercicio por primera vez después del cáncer, y tengo como objetivo levantar a Monsieur M. en press de banca, los compro. Y los cocino, respetando escrupulosamente el tiempo de cocción (al dente). Y los pruebo y concluyo que son como el resto de la pasta sin gluten que he probado: una puta mierda chiclosa e insípida. Y que si uno no es celíaco, no hay ningún motivo para infligirse ese castigo (lean mi próximo post: "No, no eres intolerante al gluten, idiota, solo quieres llamar la atención"). Así que el resto se lo va a comer la Chica, que la legumbre es buena para ella y las propiedades organolépticas de la comida se la sudan totalmente, a juzgar por la velocidad a la que la traga.

Esto me lleva a lo de la intolerancia (tranquilos, ya llego). No sé si ya ha llegado a España este furor anti gluten, esta caza de brujas al pobre trigo. O a los lácteos. Aquí es una epidemia. La gente va por ahí proclamándose «intolerante» al gluten, y contando a cualquiera que quiera oírlo (y a cualquiera que no) cómo eliminar esta malvada proteína de la dieta ha hecho que su sistema digestivo funcione mejor (manera sutil de decir que expelen menos flatulencias), su piel brille más, tengan menos migrañas y su pene haya alargado dos centímetros. Sí, sí, porque ya hasta los productos «enlarge your penis» se anuncian como «gluten free» en Canadá.  Ayer, sin ir más lejos, en Costco una de esas amables señoras que te dan a probar muestras de productos me ofreció un pedazo de loncha de tocino precocinada afirmando que era sin gluten. Lo único que me hizo contenerme para no arrebatarle la loncha y darle con ella de bofetadas en la cara fue que la pobre era una mandada y probablemente repetía las sandeces que le habían obligado a decir para promocionar el producto.   

En mi modesta y poco fundada opinión, esta intolerancia es un claro síntoma de los males que nos aquejan en estos tiempos. Si os fijáis, en cuestiones de comida (que son las más importantes de todas las cuestiones), hemos llegado a un punto en el que la gente se define más por lo que NO come que por lo que come.«Yo soy vegetariano, no como carne ni pescado». Vale. Puedo entenderlo. Por una gran cantidad de razones medioambientales, y éticas, entre otras. «Yo soy vegano. No consumo ningún producto de origen animal, ni miel, porque es un producto de la explotación apícola». Vaaale. «Yo como paleo, limito al máximo los cereales y todos los glúcidos, y solo como la carne ecológica que he cazado yo mismo golpeándola con una quijada de tigre. Ajem. «Yo soy crudivegano (porque calentar las verduras altera su aura), locavoro (solo como productos de la agricultura local), intolerante al gluten y solo compro cosas de agricultura orgánica». Aarrgh. La lista de lo que puedes comer empieza a ser angustiosamente corta, e inversamente proporcional a la lista de la gente a la que puedes irritar cuando te invita a cenar a su casa. 

La cosa ha llegado a un punto que una buena amiga que da cursos de cocina de vez en cuando, me comenta que empieza a ser imposible, con toda la gente que se matricula con restricciones alimentarias a cual más variopinta. En plan... «quiero aprender a hacer una paella sin sal, sin alimentos de origen animal -es posible-, sin cebolla, sin ajo, sin tomates, sin arroz...». Un día supe que la decadencia de Occidente está llegando a su apogeo cuando en la sección de cocina de mi librería favorita de Montreal, vi un libro de cocina paleo... para perros. No me lo invento. Si pongo más los ojos en blanco me dan dos vueltas completas dentro de las órbitas. Sabes que el mundo se va a la mierda cuando la gente decide aplicar a su perro la misma dieta absurda que siguen ellos, y cuando Trump gana las elecciones. Lo cual me lleva al tema central de este post (sí, tiene un tema central, aunque no lo parezca, concentraos, coño): la intolerancia. Y el retorno. No el mío, el mío da igual. El retorno de la intolerancia, si es que alguna vez se fue de verdad. 

Si lo que comemos (o lo que no) es sintomático de los tiempos que vivimos, entonces estamos claramente jodidos. Porque en Canadá comemos (bueno, yo muy poca) carne clorada, en todo Occidente hacemos necedades con aguacates (que me encantan) solo porque están de moda aunque no sean un cultivo sostenible a gran escala, nos ponemos malos con dietas absurdas (yo es ver un hashtag #cleaneating o #detox y poner pies en polvorosa), y mientras, en otra dimensión, 795 millones de personas no pierden el tiempo en esas chorradas, porque, bueno, solo poder comer, lo que sea, ya molaría. Nosotros aquí, compitiendo por ver quién come menos cosas, y una buena parte de la humanidad muriéndose (literalmente) por comer algo. Eso sí que es inmoral, y no los vestidos de la Pedroche (esos son solo ilógicos) y creedme, no soy muy dada a usar esa palabra.

El hecho de que cada vez más gente que sigue estas modas se declare «intolerante» al alimento maligno en cuestión (el trigo, los cereales en general, los carbohidratos, los lácteos, qué sé yo) para legitimar su restricción autoimpuesta, es un riesgo añadido para la gente que tiene que vivir con alergias e intolerancias alimentarias no imaginarias, ya que produce un efecto de cansancio que hace que por ejemplo, en los restaurantes, se tome menos en serio a una persona que necesita una información precisa sobre lo que contiene su comida. Porque puede terminar en el hospital. 

No me sorprende, en esta época en la que pasearte por la sección de comentarios de cualquier artículo de periódico hace que pienses que solo un Armagedón de fuego y meteoritos explosivos podrá enderezar esto. En esta época de intolerancia generalizada, en la que los racistas, fascistas, xenófobos, misóginos, homófobos y fundamentalistas religiosos se están desacomplejando y salen a la luz correteando afanados por todas partes como las cucarachas a las que sorprendes en la cocina al darle al interruptor. Intolerancia a los musulmanes (y a los inmigrantes en general), a las feministas (y a cualquier mujer que decida afirmarse), a la gente que piensa que un niño no siempre tiene pene y una niña no siempre tiene vagina, a los que creen que nuestros representantes políticos deberían servirnos a nosotros y al bien común y no servirse ellos y apilar privadamente bienes comunes. Y mira que detesto la palabra «intolerancia», porque, ¿cuál es la alternativa? ¿La tolerancia? La tolerancia no es suficiente. Yo tolero, arrugando mucho la nariz, cosas que me cuesta soportar pero que tienen derecho a existir: el olor de la Chica cuando ha tenido un encontronazo con una mofeta, los nacionalismos (aunque ahora mismo a los catalanes los entiendo bastante), la comida que cocina mi cuñada quebequesa. Pero tolerar no es suficiente. Lo difícil es dar un paso más, e intentar la aceptación. Ese músculo también se desarrolla, basta con exponerse a la diferencia a menudo.  Ya veréis, no duele. Salvo si es uno de los pasteles de carne de mi cuñada. Entonces sí. Pero para eso están los antiácidos. Si tan solo existieran las pastillas antifacha...


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Si habéis llegado leyendo hasta aquí, merecéis una receta. No insistiré mucho en lo que no tiene (no lleva harina de trigo, ni huevos, qué coincidencia ;-), sino en lo que sí contiene, un montón de cosas ricas. Es una receta para la vuelta al cole, para remplazar esas barritas de cereales llenas de azúcar que les dan a los críos por algo más consistente e infinitamente más rico. La receta no es un invento mío, es una versión casera y menos malvada de un producto que se vende en Costco y que me encanta: los Aussie Bites (bocaditos australianos, vaya). Como imitación, me han quedado de superar el original. Vamos, que están de probar uno y dejar de creer en dios (atención, estos bocaditos no son aptos para los intolerantes al ateísmo). Porque quién quiere ser modesto cuando en el fondo sigue siendo un poco de Bilbao. 
























BOCADITOS DE VUELTA AL COLE (AUSSIE BITES)

INGREDIENTES

  • 1 taza de avena instantánea para gachas
  • 3/4 de taza de harina de avena integral (o utilizar la avena ya mencionada molida)
  • 1/4 de taza de semillas de chia molidas (al primero que hable de súper alimentos en los comentarios, lo acogoto con una barra de pan sin gluten) mezcladas con 2 cucharadas soperas de agua (sirve de sustituto al huevo)
  • 1/4 de taza de azúcar
  • 1/4 de taza de albaricoques secos
  • 1/4 de taza de pasas (de Corinto mejor)
  • 1/4 de taza de semillas de girasol (sin tostar y sin sal, preferible)
  • 1/4 de taza de coco rallado
  • 1/4 de taza de quinoa (cocida previamente, y lo mismo que con la chia, si créeis que de verdad existen los súper alimentos, los Reyes Magos y los políticos honrados, no vengáis a dar la tabarra con ello)
  • 2 cucharadas soperas de semillas de chia enteras
  • 1/4 de taza de miel
  • 1/4 de cucharada de té de bicarbonato 
  • 1/4 de cucharada de té de sal
  • 1/4 de taza de mantequilla fundida (remplazar por más aceite si queréis una receta vegana, pero recordad que no estáis obligados a decírselo a todo el mundo)
  • 1/4 de taza de aceite de colza o de girasol
  • 1/2 cucharada de té de extracto natural de vainilla


ELABORACIÓN

Precalentar el horno a 185º. Aceitar (yo uso aceite de coco, le da un toque de sabor particular) dos bandejas de moldes de mini muffins (da para unos 24 bocaditos mini, una docena en tamaño madalena grande). 

Triturar en pedacitos en el robot de cocina los albaricoques secos. Reservar. Moler en el robot 1 taza de la avena para gachas. Pulsar hasta que la avena esté bastante pulverizada, con consistencia de harina gruesa.

Añadir los 3/4 de harina de avena o el resto de la avena para gachas, el azúcar, los albaricoques triturados, las pasas, las semillas de girasol, el coco rallado, las semillas de chia, la sal y el bicarbonato. Darle unos viajes hasta que las pasas estén picadas en pedacitos. 

Incorporar el aceite de colza, la mantequilla fundida, la miel (más fácil de verter si el medidor está pringado del aceite medido previamente), la quinoa cocida y el extracto de vainilla. Darle al robot un poco más hasta que todo esté mezclado, pero no demasiado. La idea no es hacer un puré liso. 

Llenar los moldes hasta la mitad, presionando la masa con dedos untados de aceite. Estos bocaditos no son de textura esponjosa, no esperéis que «suban» como un bizcocho. La consistencia es realmente de barra de cereales, compacta pero jugosa. 

Hornear a 180º unos 12 o 13 minutos, hasta que los bordes estén dorados. sacar del horno y dejar enfriar en los moldes. Esperar a que hayan enfriado del todo antes de desmoldar. Se conservan en un recipiente herético :-) fuera del frigo, unos diez días dependiendo del calor que haga. Los hacéis con vuestros hijos como excusa, que lo sé. No os los comáis todos. Pillines.

martes, 10 de noviembre de 2015

Crónicas indocentes (1)

Momentos estelares de falta de diplomacia en clase: 

Estudiante (hablando de un texto sobre la crisis en España): -"¿Qué significa "fuga de cerebros"?"

Yo: - "Lo que pasa en esta clase cuando intento explicar cualquier concepto a las ocho y media de la mañana." 

Me entra la risa floja, de ésas con ronquidos como de cerdo. Hago esfuerzos por ponerme seria bebiendo un sorbo de café, me carcajeo, estoy a punto de expulsar el café por la nariz, me tapo la cara con unas hojas.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Malrollismo campestre (una historia de miedo otoñal)



Monsieur M., la Chica y yo volvemos tarde de una fiesta (la fiesta admitía invitados perrunos). Sí, para nosotros tarde son las once y media (somos unos salvajes y llevamos una vida de decadencia y rock & roll). Estamos ya en nuestro barrio, el Sexto Pino, a dos casas de Muffin Manor, cuando de repente, veo un obstáculo delante del coche. Monsieur M. pega un frenazo. Las luces del coche iluminan el obstáculo con ese efecto túnel que suele tener la bruma (vivimos en zona lacustre,  aquí siempre hay bruma por las noches ): el obstáculo es un esqueleto, en medio de la carretera. Grande. Sorprendentemente grande, lo bastante para que el coche hubiera tenido problemas para pasarle por encima. Le faltan la cabeza y una pata. La luz blanca y deslumbrante de los faros revela otros incómodos detalles, como que la carcasa no es uno de esos viejos esqueletos blancos y pulidos por la intemperie como suelen verse por los bosques que rodean a Muffin Manor. Es una carcasa fresca, los despojos aún llevan adheridos unos voluminosos jirones de carne y mechas de pelos marrón oscuro. Más inquietante aún: hay un reguero de algo que tiene toda la pinta de ser sangre.

Yo: -"ESO... ¿Qué es?"

Monsieur M., con su habilidad característica para lo obvio: -"Un esqueleto".

Yo, con un gruñido: -"Ya lo veo. Pero un esqueleto... ¿de QUÉ? Porque es bastante grande."

Monsieur M. se encoge de hombros, las manos en el volante: -"Hum. Ciervo. Un macho de buen tamaño , adulto. O un alce joven."

Yo, mirando fijamente el túnel de luz de los faros: -"¿Y qué lo ha arrastrado hasta aquí?  Porque los zorros que he visto por la zona son pequeños,  del tamaño de un gato doméstico. No podrían con ESO", haciendo un gesto con la mano abierta hacia el cadáver. 

Monsieur M., poniendo esa expresión ligeramente ausente que pone cuando quiere hacerse el loco: -"Eeh, no, un zorrillo no, normalmente no cazan nada más grande que liebres o perdices. Estooo, mira, parece que lo que sea ha abandonado ahí la presa hace poco, probablemente cuando nos ha oído acercarnos. No salgas del coche a tomar fotos ni nada, ¿eh?", dicho lo cual, arranca de nuevo sorteando cuidadosamente los restos del pobre bicho. 

Yo (sospechando): -"Si no es un zorro, el depredador que ha hecho eso es bastante más grande,  ¿no?"

Monsieur M. hace un ruido vago, sin querer mojarse: -"U-huh". 

Yo, mirándole con los ojos entrecerrados: - "¿Cómo de grande? ¿No decías que estábamos un poco al sur para los osos?"
Monsieur M., de repente muy concentrado en la carretera: -"Euh, bueno..."

Yo, cada vez más boquiabierta: -"¿OSOS? ¿Me has dejado pasearme TODO el invierno pasado sola por el monte en raquetas con la Chica y sabías que aquí hay OSOS?"

Monsieur M., con la vista muy-muy fija en la carretera: -"Bueno,  el paseo parecía relajarte..."

Yo, levantando la voz llena de incredulidad y despertando a la Chica,  que se yergue en el asiento trasero: -"¿RELAJARME? ¿Y qué hubiera pasado si un oso me mastica durante el paseo?  ¿Quieres librarte de mí? Porque existen métodos más rápidos y seguros."

Monsieur M.: -"Ningún riesgo de que pasara eso, mon p'tit loup. Cuando te relajas, hablas como un cotorra. Te oían llegar todos los osos en cinco kilómetros a la redonda. "

sábado, 11 de julio de 2015

¿El día de la marmota?¡No! ¡Temporada de conejos! (¿O era de patos?)

¿Por dónde empiezo? Por el culebrón. El culebrón no es una historia en tres mil capítulos protagonizada por Rosario María de la Encarnación, (ya sabéis que tengo problemas para encontrar tiempo para terminar mis historias por entregas), el culebrón es literalmente un culebrón de algo más de un metro que me encontré hace un par de semanas tomando el sol a diez centímetros de mi pie derecho, mientras me tomaba mi relaxing cup de cafelito con leche matinal sentada en el primer escalón del porche de Muffin Manor. Ni que decir tiene que el cafelito me pareció mucho menos relajante después de descubrir el tamaño que pueden alcanzar los reptiles en este país nórdico.

El culebrón tuvo varios capítulos tras el episodio piloto, que fue recibido con grandes alaridos del público pero con críticas bastante negativas. Ahora debe de andar debajo del porche, reproduciéndose con fruición.

Mejor empiezo por el cumpleaños de Violeta. Hoy es el cumpleaños de Violeta (bueno, para ella ya no, pero en horario canadiense aún lo es). Iba a decir que Violeta es mi mejor amiga, pero eso suena un poco ingrato para con otras/os mejores amigas/os que tengo a los que también quiero mucho. Digamos que Violeta y yo nos conocemos hace la friolera de veintiocho años, y que la antigüedad cuenta porque todos mis amigos están sindicados y yo respeto la convención colectiva. Así que aunque con los años Violeta y yo hemos cambiado mucho (ambas para mejor, creo), ella aún conserva lo suficiente de la Violeta original para que yo siga fiel a las actualizaciones, o, al contrario, las actualizaciones me gustan tanto que mantengo la suscripción. Recuerdo que cuando la conocí ambas teníamos quince años y ella había leído a Mishima. Y que yo pensé que si no se suicidaba igual podríamos ser buenas amigas.

Pensándolo mejor, creo que voy a hablaros de la marmota. Este año, y pese a todo lo que nos ha caído (y no, no hablo de la crisis, aunque en mi trabajo en la universidad nos hayamos visto afectados por recortes), (y no, tampoco hablo del clima, porque aquí los cambios de temperatura cataclísmicos son de lo más normal) nos las hemos arreglado para plantar de nuevo un huerto. Con mimo y paciencia planté las semillitas de mis tomateras en abril, dentro de casa, porque aún quedaba nieve fuera. Con cuidado infinito las transplantó en el jardín Monsieur M. Con cariño y abnegación plantamos acelgas, vainas, berza, guisantes, lechugas. Con gula, nocturnidad y alevosía vino Doña Marmota (o una pariente cercana, aquí hay muchas) a zamparse los brotes tiernos de todo lo mencionado, y a coronarlos con unos arándanos y unas fresas de postre. Acto seguido se hizo una madriguera bajo el cenador, con vistas a la huerta (por la cosa de ir siguiendo de cerca la evolución de la cena), con tres salidas. Una combinación de una linterna encendida dentro de la madriguera, una radio en la peor cadena de FM de Quebec día y noche (Justin Bieber es un arma de destrucción masiva), la Chica insertando el cabezón alternativamente en las tres salidas del agujero y otros métodos disuasivos indignos (pero no sangrientos) hicieron que la marmota decidiera mudarse.

A pesar de que ésta no es la primera invasión de marmota que he vivido, y de que las estaciones tan marcadas de Quebec se suceden con rituales que se repiten (palear nieve, plantar calabacines, decorar calabazas), no vivo el día de la marmota una y otra vez. Ni siquiera cuando nos anunciaron que todos esos problemas de salud que habían fastidiado tanto a Monsieur M. durante el otoño pasado y el invierno de este año resultaron ser un linfoma. Sí recuerdo haber pensado: -«Joder, cáncer otra vez», pero el tiempo ha demostrado que vivir un cáncer en carnes propias y acompañar a alguien que lo vive, es muy diferente. Acompañar es infinitamente más jodido. Cuando el que lo sufres eres tú, te dices que las cosas no van tan mal, estás acostumbrado a vivir en tu cuerpo, ciertamente si te estuvieras muriendo te darías cuenta, ¿no? Cuando acompañas a alguien, toda la información que obtienes es de segunda mano. Y cuando le duele a otro, no sabes qué hacer. Mientras te duele a ti te mantienes ocupado. Por el momento es Monsieur M. el que se mantiene ocupado con sus ciclos de quimio, sus pastillas, sus escáners, sus oncólogos, su zenitud irritante e irreductible (bendita sea), sus libros del Dalai Lama y de cómo construir armarios. También lee sobre métodos no violentos para ahuyentar marmotas. Me comentó algo sobre que la orina humana les huele a depredador y puede ser una manera ecológica de espantarlas, pero con todo lo que le están chutando en el cuerpo entre la quimio y los contrastes radioactivos, le dije que de ecológico nada, y que si se meaba en los tomates éstos terminarán brillando en la oscuridad. Decidió abstenerse.

Lo de la marmota me lleva a contaros que en el sexto pino en el que vivo, aparte de ciervos, alces, gansos salvajes, zorros, mapaches, ardillas, mosquitos, culebrones y marmotas, también hay liebres salvajes y conejos. Los conejos no son salvajes, son de una vecina que tiene una guardería en casa y ha decidido expandirla en zoo, porque total como ya tiene a su cuidado varias fieras salvajes en pantaloncitos cortos y Crocs, algunos animales más no son un problema. Para ella. Para nosotros empiezan a serlo. Hay un conejo blanco y negro particularmente caradura que ha cogido la costumbre de venir a nuestro jardín, mirar desafiante a la Chica, que, atada, quiere arrancarle la cabeza amorosamente, y zamparse metódicamente todas las zanahorias (es un clásico, este conejo), los rábanos, las lechugas y las pocas fresas que nos dejó la marmota.  Esta mañana una amiga estaba de visita y, tras contarle la historia, se ha acercado al conejo, que parece bastante acostumbrado a la gente (claro, cuando no está saqueando mi huerto vive en una guardería), lo ha acariciado con amabilidad (el conejo se dejaba de buen grado) y cuando ha querido cogerlo en brazos para llevárselo de nuevo a su dueña, Bugs le ha mordido la mano con todas sus ganas. Yo estaba ahí, en el jardín, sujetando a la Chica con toda la convicción no violenta de mi casi vegetarianismo, cuando he visto con mis propios ojos el Ataque del Conejo Psicópata. Hoy he perdido mi inocencia. Yo pensaba que los conejos eran seres suaves, timoratos, peluchosos, herbívoros. No agresivos maníacos con ojos rojos desorbitados. Mientras mi amiga se desinfectaba la mano y yo llamaba al ambulatorio para preguntar si tenía que ir a darse alguna vacuna, mi buen humor un poco desplazado ha hecho que varias veces explotara de risa cuando explicaba a la enfermera por teléfono que «a mi amiga le ha mordido un conejo no vacunado».Lo del buen humor era más que nada porque Monsieur M. me ha anunciado que su escáner a mitad del tratamiento muestra que está en remisión, sus ganglios relucientes y libres de cáncer al 95%. Aún le quedan tres ciclos de quimio por terminar y bastante anemia residual, pero le he dicho que de eso me ocupo yo: esta noche estofado de conejo para cenar.


jueves, 12 de marzo de 2015

Los 10 últimos años de mi vida en 30 búsquedas Google



«Cómo escribir una tesina sin morir en el intento»

«Cáncer de mama pronóstico»

«Google, ¿qué pasa si te mueres y no crees en la vida después de la muerte?»

«Lingûística salidas laborales»

«Cómo hacer que mi gata me quiera»

«Cómo librarse de una marmota sin matarla»

«Marmotas, ¿qué comen?»

«Cómo domesticar marmotas + marmotas amigas»

«Cómo reparar paredes con escayola»

«Escayolistas baratos Montreal»

«Cómo cortarte el flequillo»

«Cómo cortarte el pelo a capas tú misma»

«Peluquerías Montreal»

«Drogas legales para docentes»

«Cómo hacer tu propia Nutella»

«Cómo exterminar + matar + erradicar + desintegrar ciempiés repugnantes descomunales y peludos»

«Trucos para organizar mudanzas»

«Cómo mudarse sin divorciarse»

«Cómo ocultar el cadáver de tu marido»

«Google imágenes: excrementos de oso»

«Google imágenes: excrementos de alce»

«Google imágenes: de qué bicho es esta mierda inmensa»

«Veterinarios de urgencias Laurentides»

«Protectoras de animales Laurentides»

«Recetas galletas para perro»

«¿Es malo el calabacín para un perro?»

«¿Es malo un calcetín de lana + la mitad de una zapatilla + el asa de un bolso para un perro?»

«Síntomas de ataque al corazón»

«Cómo llevar por la fuerza al hospital a un hombretón inmenso»

«Recetas de donuts»




viernes, 31 de octubre de 2014

Misterio



- «Parece que se mudó al sexto pino y nunca se volvió a saber de ella... ya no actualiza el blog. Debe de andar poniendo cepos a los castores y untándose la cara con barro. Y ya no cocina. Come todo crudo y sin desollar. Rollo Apocalypse Now, pero en nórdico.»

- «¿Se la habrá comido un oso? O peor, ¿se habrá hecho del PP en la distancia, y se habrá montado una secta satánica en aquellos bosques canadienses?»

- «Igual se ha muerto. Mira que alguna intentona fallida ya hizo.»

- «Te apuesto a que le ha dado un infarto cerebral, y ahora la pobre está en terapia reeducativa, y lo único que puede escribir es GGGDDFZZZXWWWGGJJJRR...»

- «O probablemente cocina cuando puede y le sale del arco del triunfo, engulle las cosas sin fotografiarlas previamente, corrige y prepara clases y saca a pasear a la Chica y trabaja como una bestia en general, y ha decidido minimizar -por el momento- toda actividad que no sirva para: a) ponerse ropa limpia b) comer c) pagar las facturas.»

- «La muy perra. Y nos deja así.»

- «Ya.»

martes, 18 de marzo de 2014

Ya, ya

...sé que me echáis de menos, chiquitines. Para entreteneros la espera hasta que lleguen meses más cálidos y livianos, sabed que también ando por Instagram, documentando la vida en el sexto pino con cutrefotos de teléfono, que es lo único que me da tiempo a hacer entre pila y pila de exámenes por corregir. Así podéis chafardear, cotillas míos. Que sé que os gusta.